CARTA A IRMA PINEDA
Por Gerardo Valdivieso Parada
Hablando de literatura las horas se nos han vuelto “agua bajo los pies” en nuestro jardín, querida Irma, y algunas veces nos hemos dado cuenta que la biografía de algunos de nuestros héroes no corresponden a su grandeza literaria o de plano van en sentido inverso. Son seres humanos sin duda que alcanzan la divinidad en el olimpo de las letras, pero fuera de ella como figuras públicas sus acciones están bajo el escrutinio de sus biógrafos y no siempre salen bien librados. En lo personal uno de los autores que admiro pero cuya vida pública esta llena de aristas que me llevó desplazar el disfrute de su obra, no diría que demasiado tarde pero mucho después de otros autores es Andrés Henestrosa, te contaré por qué:
Dos emociones contradictorias me asaltan cuando se habla de Don Andrés Henestrosa, la del reproche al político y la alabanza por el escritor. Al autor de Los hombres que dispersó la danza, lo conocí en un homenaje que le hizo el Ayuntamiento juchiteco y después coincidí con él en varias ocasiones en la ciudad de México en presentaciones de libros y exposiciones de pinturas; pero la primera imagen que guardo de Andrés Henestrosa, fue en una pantalla de televisión en un fin de sexenio crítico: la de 1994. Ya se había suscitado el levantamiento zapatista y la muerte del candidato del PRI, ese día moría acribillado su secretario general, una reunión urgente se hizo en la sede nacional de ese partido. Estaban todos sus dirigentes alrededor de su presidente que daba un discurso y me llamó la atención la imagen de un hombre de cabellera blanca, con una incipiente calva, que para escuchar el mensaje, ponía los codos en la mesa y hacía una visera en una de sus orejas, me dije que ese era la imagen típica de un dinosaurio priísta al momento que alguien me decía que aquel viejo era Andrés Henestrosa.
Su historial político confirmaba tal título ya que Don Andrés se había subido al “carro de la Revolución” desde la época de Manuel Avila Camacho cuando era Secretario de Gobernación Miguel Alemán Valdés quien después como presidente incorporó a todos sus cuates de la Escuela Nacional Preparatoria al gobierno, uno de ellos Gabriel Ramos Millán introdujo oficialmente a Don Andrés a “la familia revolucionaria” dándole chamba como titular del Departamento de Impuestos Especiales de la Tesorería del D.F., “allí el primer impuesto era yo” declaró alguna vez Don Andrés. Si el viejo mañoso de Ruiz Cortines destapó Adolfo López Mateos porque era un sentimental de los homenajes patrios y le cautivó la oratoria del entonces su Secretario del Trabajo; Adolfo López Mateos, le dio un curul a nuestro escritor por organizarle su campaña en Oaxaca y servirle como “jilguero”. Ya como diputado de la XLIV legislatura Don Andrés Henestrosa alabó la obra del gran periodista liberal Francisco Zarco aunque él siempre escribió en la prensa oficialista, recordó en tribuna al mártir revolucionario Don Belisario Domínguez pero como todos los demás diputados de su bancada levantaba el dedo de la aprobación sin analizar las propuestas del presidente imperial.
Aunque en su juventud fue cercano a José Vasconcelos y se metió de lleno en la campaña de este a la presidencia y sufrió la represión (Adolfo López Mateos recibió una herida en la cabeza que le devino después en una migraña espantosa que le duró todo su sexenio); a Cristina Pacheco le justificó su cambio de camiseta:
“Llegué a la política porque López Mateos me prometió hacerme gobernador de Oaxaca. Había estado en la oposición y de pronto, al aceptar esta oferta, me contradije. Fui el último vasconcelista que se rindió”.
Al compás del son regional de la Micaela que convirtió en la Martiniana el duro de Gustavo Díaz Ordaz, le agradeció sus servicios por coordinar su gira proselitista por Oaxaca premiándolo con otro curul en la XLVI legislatura. Su relación con los presidentes fue buena con los dos siguientes aunque no tuvo cargos dignos de mencionar aquí, pero fue Senador de la República por la gracia de Miguel de la Madrid Hurtado.
Un año imborrable de la historia nacional fue 1988, en ese entonces sí se fraguó un gran fraude descarado contra el Cauhtémoc Cárdenas, nuestro personaje dio airoso discurso desde la Tribuna del Senado de la República, claro en defensa de lo Institucional:
“Una la revolución, uno su ideario, uno su himno; una la constitución; una su bandera. Cambia el portaestandarte; no el estandarte; cambia el nombre no el hombre. En la primera revolución la de 1810, se llamó Miguel Hidalgo; en la de 1957, Benito Juárez, en la de 1910, Francisco I. Madero. El abanderado hoy se llama Miguel de la Madrid. Mañana se llamará Carlos Salinas de Gortari”.
La defensa le valió estar inscrito como segundo en la lista de candidatos a diputados plurinominales por la quinta circunscripción. Ya como diputado vio con horror como nuestro actual presidente saliente y en ese entonces diputado del PAN mancillara el sacrosanto Congreso al ponerse una cabeza de cerdo y colgarse boletas en la oreja.
Por todo lo anterior es que por muchos años no quise leer nada de Andrés Henestrosa y además porque desde niño aprendí a odiar a todo personaje que fuera favorito del oficialismo. Recuerdo que en sexto de primaria (que fue un momento importante para mi pues nuestra profesora nos inculcó el amor a las ciencias sociales, a la historia y la literatura), abordamos ampliamente a los escritores de izquierda como Carlos Fuentes, sin embargo nos saltamos a Octavio Paz, el por qué nos lo dio nuestra tutora: “no lo vamos a ver porque es priísta” nos dijo. En el caso de Don Andrés recuerdo que mi padre me despertó una madrugada para llevarme a Oaxaca a un encuentro de creadores de revistas independientes, recuerdo que pasamos por un mural en donde se veían pintados los rostros de varios escritores istmeños alineados en fila; atrás de Gabriel López Chiñas y Pancho Nácar, aparecía Andrés Henestrosa, sobre esto mi padre me dijo “ese pintor sí sabe, hasta el último debe estar ese Andrés Henestrosa”.
En las reuniones etílicas en mi casa generalmente de escritores, músicos y pintores istmeños, hablaban muy mal de nuestro escritor, que si se había birlado la obra de Wilfrido C. Cruz sin darle crédito, que se decía juchiteco cuando le convenía, por cierto recuerdo una vez al poeta Manuel Matus Manzo, ya con muchos alcoholes encima, repetir una y otra vez: “y entonces yo le dije: dices que eres de Juchitán pero tu ombligo está sepultado en Ixhuatán” o ¿era al revés?, ya no me acuerdo.
Pero llegó un día que alguien me dio una regañada y no precisamente de dulce, por mi ingrata actitud hacia tan augusto personaje y fue en una de mis primeras incursiones a la ciudad de México prácticamente de la mano del pintor Delfino Marcial Cerqueda que Carlos López, ese persistente editor paisano de Luis Cardoza y Aragón, me enseñó a valorar la obra literaria de mi paisano oaxaqueño al obsequiarme el librito: “Entonces vivía yo en Ixhuatán y me llamaba Andrés Morales”. Desde entonces quedé cautivado de su prosa como lo quedó Pablo Neruda que después de agarrase a puñetazos con Octavio Paz dijo que la única pluma de las letras mexicanas que tenía futuro era la del joven Andrés Henestrosa.~
Hablando de literatura las horas se nos han vuelto “agua bajo los pies” en nuestro jardín, querida Irma, y algunas veces nos hemos dado cuenta que la biografía de algunos de nuestros héroes no corresponden a su grandeza literaria o de plano van en sentido inverso. Son seres humanos sin duda que alcanzan la divinidad en el olimpo de las letras, pero fuera de ella como figuras públicas sus acciones están bajo el escrutinio de sus biógrafos y no siempre salen bien librados. En lo personal uno de los autores que admiro pero cuya vida pública esta llena de aristas que me llevó desplazar el disfrute de su obra, no diría que demasiado tarde pero mucho después de otros autores es Andrés Henestrosa, te contaré por qué:
Dos emociones contradictorias me asaltan cuando se habla de Don Andrés Henestrosa, la del reproche al político y la alabanza por el escritor. Al autor de Los hombres que dispersó la danza, lo conocí en un homenaje que le hizo el Ayuntamiento juchiteco y después coincidí con él en varias ocasiones en la ciudad de México en presentaciones de libros y exposiciones de pinturas; pero la primera imagen que guardo de Andrés Henestrosa, fue en una pantalla de televisión en un fin de sexenio crítico: la de 1994. Ya se había suscitado el levantamiento zapatista y la muerte del candidato del PRI, ese día moría acribillado su secretario general, una reunión urgente se hizo en la sede nacional de ese partido. Estaban todos sus dirigentes alrededor de su presidente que daba un discurso y me llamó la atención la imagen de un hombre de cabellera blanca, con una incipiente calva, que para escuchar el mensaje, ponía los codos en la mesa y hacía una visera en una de sus orejas, me dije que ese era la imagen típica de un dinosaurio priísta al momento que alguien me decía que aquel viejo era Andrés Henestrosa.
Su historial político confirmaba tal título ya que Don Andrés se había subido al “carro de la Revolución” desde la época de Manuel Avila Camacho cuando era Secretario de Gobernación Miguel Alemán Valdés quien después como presidente incorporó a todos sus cuates de la Escuela Nacional Preparatoria al gobierno, uno de ellos Gabriel Ramos Millán introdujo oficialmente a Don Andrés a “la familia revolucionaria” dándole chamba como titular del Departamento de Impuestos Especiales de la Tesorería del D.F., “allí el primer impuesto era yo” declaró alguna vez Don Andrés. Si el viejo mañoso de Ruiz Cortines destapó Adolfo López Mateos porque era un sentimental de los homenajes patrios y le cautivó la oratoria del entonces su Secretario del Trabajo; Adolfo López Mateos, le dio un curul a nuestro escritor por organizarle su campaña en Oaxaca y servirle como “jilguero”. Ya como diputado de la XLIV legislatura Don Andrés Henestrosa alabó la obra del gran periodista liberal Francisco Zarco aunque él siempre escribió en la prensa oficialista, recordó en tribuna al mártir revolucionario Don Belisario Domínguez pero como todos los demás diputados de su bancada levantaba el dedo de la aprobación sin analizar las propuestas del presidente imperial.
Aunque en su juventud fue cercano a José Vasconcelos y se metió de lleno en la campaña de este a la presidencia y sufrió la represión (Adolfo López Mateos recibió una herida en la cabeza que le devino después en una migraña espantosa que le duró todo su sexenio); a Cristina Pacheco le justificó su cambio de camiseta:
“Llegué a la política porque López Mateos me prometió hacerme gobernador de Oaxaca. Había estado en la oposición y de pronto, al aceptar esta oferta, me contradije. Fui el último vasconcelista que se rindió”.
Al compás del son regional de la Micaela que convirtió en la Martiniana el duro de Gustavo Díaz Ordaz, le agradeció sus servicios por coordinar su gira proselitista por Oaxaca premiándolo con otro curul en la XLVI legislatura. Su relación con los presidentes fue buena con los dos siguientes aunque no tuvo cargos dignos de mencionar aquí, pero fue Senador de la República por la gracia de Miguel de la Madrid Hurtado.
Un año imborrable de la historia nacional fue 1988, en ese entonces sí se fraguó un gran fraude descarado contra el Cauhtémoc Cárdenas, nuestro personaje dio airoso discurso desde la Tribuna del Senado de la República, claro en defensa de lo Institucional:
“Una la revolución, uno su ideario, uno su himno; una la constitución; una su bandera. Cambia el portaestandarte; no el estandarte; cambia el nombre no el hombre. En la primera revolución la de 1810, se llamó Miguel Hidalgo; en la de 1957, Benito Juárez, en la de 1910, Francisco I. Madero. El abanderado hoy se llama Miguel de la Madrid. Mañana se llamará Carlos Salinas de Gortari”.
La defensa le valió estar inscrito como segundo en la lista de candidatos a diputados plurinominales por la quinta circunscripción. Ya como diputado vio con horror como nuestro actual presidente saliente y en ese entonces diputado del PAN mancillara el sacrosanto Congreso al ponerse una cabeza de cerdo y colgarse boletas en la oreja.
Por todo lo anterior es que por muchos años no quise leer nada de Andrés Henestrosa y además porque desde niño aprendí a odiar a todo personaje que fuera favorito del oficialismo. Recuerdo que en sexto de primaria (que fue un momento importante para mi pues nuestra profesora nos inculcó el amor a las ciencias sociales, a la historia y la literatura), abordamos ampliamente a los escritores de izquierda como Carlos Fuentes, sin embargo nos saltamos a Octavio Paz, el por qué nos lo dio nuestra tutora: “no lo vamos a ver porque es priísta” nos dijo. En el caso de Don Andrés recuerdo que mi padre me despertó una madrugada para llevarme a Oaxaca a un encuentro de creadores de revistas independientes, recuerdo que pasamos por un mural en donde se veían pintados los rostros de varios escritores istmeños alineados en fila; atrás de Gabriel López Chiñas y Pancho Nácar, aparecía Andrés Henestrosa, sobre esto mi padre me dijo “ese pintor sí sabe, hasta el último debe estar ese Andrés Henestrosa”.
En las reuniones etílicas en mi casa generalmente de escritores, músicos y pintores istmeños, hablaban muy mal de nuestro escritor, que si se había birlado la obra de Wilfrido C. Cruz sin darle crédito, que se decía juchiteco cuando le convenía, por cierto recuerdo una vez al poeta Manuel Matus Manzo, ya con muchos alcoholes encima, repetir una y otra vez: “y entonces yo le dije: dices que eres de Juchitán pero tu ombligo está sepultado en Ixhuatán” o ¿era al revés?, ya no me acuerdo.
Pero llegó un día que alguien me dio una regañada y no precisamente de dulce, por mi ingrata actitud hacia tan augusto personaje y fue en una de mis primeras incursiones a la ciudad de México prácticamente de la mano del pintor Delfino Marcial Cerqueda que Carlos López, ese persistente editor paisano de Luis Cardoza y Aragón, me enseñó a valorar la obra literaria de mi paisano oaxaqueño al obsequiarme el librito: “Entonces vivía yo en Ixhuatán y me llamaba Andrés Morales”. Desde entonces quedé cautivado de su prosa como lo quedó Pablo Neruda que después de agarrase a puñetazos con Octavio Paz dijo que la única pluma de las letras mexicanas que tenía futuro era la del joven Andrés Henestrosa.~

Luis Manuel H. Amador
