30 noviembre, 2006

CARTA A IRMA PINEDA

Por Gerardo Valdivieso Parada

Hablando de literatura las horas se nos han vuelto “agua bajo los pies” en nuestro jardín, querida Irma, y algunas veces nos hemos dado cuenta que la biografía de algunos de nuestros héroes no corresponden a su grandeza literaria o de plano van en sentido inverso. Son seres humanos sin duda que alcanzan la divinidad en el olimpo de las letras, pero fuera de ella como figuras públicas sus acciones están bajo el escrutinio de sus biógrafos y no siempre salen bien librados. En lo personal uno de los autores que admiro pero cuya vida pública esta llena de aristas que me llevó desplazar el disfrute de su obra, no diría que demasiado tarde pero mucho después de otros autores es Andrés Henestrosa, te contaré por qué:
Dos emociones contradictorias me asaltan cuando se habla de Don Andrés Henestrosa, la del reproche al político y la alabanza por el escritor. Al autor de Los hombres que dispersó la danza, lo conocí en un homenaje que le hizo el Ayuntamiento juchiteco y después coincidí con él en varias ocasiones en la ciudad de México en presentaciones de libros y exposiciones de pinturas; pero la primera imagen que guardo de Andrés Henestrosa, fue en una pantalla de televisión en un fin de sexenio crítico: la de 1994. Ya se había suscitado el levantamiento zapatista y la muerte del candidato del PRI, ese día moría acribillado su secretario general, una reunión urgente se hizo en la sede nacional de ese partido. Estaban todos sus dirigentes alrededor de su presidente que daba un discurso y me llamó la atención la imagen de un hombre de cabellera blanca, con una incipiente calva, que para escuchar el mensaje, ponía los codos en la mesa y hacía una visera en una de sus orejas, me dije que ese era la imagen típica de un dinosaurio priísta al momento que alguien me decía que aquel viejo era Andrés Henestrosa.
Su historial político confirmaba tal título ya que Don Andrés se había subido al “carro de la Revolución” desde la época de Manuel Avila Camacho cuando era Secretario de Gobernación Miguel Alemán Valdés quien después como presidente incorporó a todos sus cuates de la Escuela Nacional Preparatoria al gobierno, uno de ellos Gabriel Ramos Millán introdujo oficialmente a Don Andrés a “la familia revolucionaria” dándole chamba como titular del Departamento de Impuestos Especiales de la Tesorería del D.F., “allí el primer impuesto era yo” declaró alguna vez Don Andrés. Si el viejo mañoso de Ruiz Cortines destapó Adolfo López Mateos porque era un sentimental de los homenajes patrios y le cautivó la oratoria del entonces su Secretario del Trabajo; Adolfo López Mateos, le dio un curul a nuestro escritor por organizarle su campaña en Oaxaca y servirle como “jilguero”. Ya como diputado de la XLIV legislatura Don Andrés Henestrosa alabó la obra del gran periodista liberal Francisco Zarco aunque él siempre escribió en la prensa oficialista, recordó en tribuna al mártir revolucionario Don Belisario Domínguez pero como todos los demás diputados de su bancada levantaba el dedo de la aprobación sin analizar las propuestas del presidente imperial.
Aunque en su juventud fue cercano a José Vasconcelos y se metió de lleno en la campaña de este a la presidencia y sufrió la represión (Adolfo López Mateos recibió una herida en la cabeza que le devino después en una migraña espantosa que le duró todo su sexenio); a Cristina Pacheco le justificó su cambio de camiseta:
“Llegué a la política porque López Mateos me prometió hacerme gobernador de Oaxaca. Había estado en la oposición y de pronto, al aceptar esta oferta, me contradije. Fui el último vasconcelista que se rindió”.
Al compás del son regional de la Micaela que convirtió en la Martiniana el duro de Gustavo Díaz Ordaz, le agradeció sus servicios por coordinar su gira proselitista por Oaxaca premiándolo con otro curul en la XLVI legislatura. Su relación con los presidentes fue buena con los dos siguientes aunque no tuvo cargos dignos de mencionar aquí, pero fue Senador de la República por la gracia de Miguel de la Madrid Hurtado.
Un año imborrable de la historia nacional fue 1988, en ese entonces sí se fraguó un gran fraude descarado contra el Cauhtémoc Cárdenas, nuestro personaje dio airoso discurso desde la Tribuna del Senado de la República, claro en defensa de lo Institucional:
“Una la revolución, uno su ideario, uno su himno; una la constitución; una su bandera. Cambia el portaestandarte; no el estandarte; cambia el nombre no el hombre. En la primera revolución la de 1810, se llamó Miguel Hidalgo; en la de 1957, Benito Juárez, en la de 1910, Francisco I. Madero. El abanderado hoy se llama Miguel de la Madrid. Mañana se llamará Carlos Salinas de Gortari”.
La defensa le valió estar inscrito como segundo en la lista de candidatos a diputados plurinominales por la quinta circunscripción. Ya como diputado vio con horror como nuestro actual presidente saliente y en ese entonces diputado del PAN mancillara el sacrosanto Congreso al ponerse una cabeza de cerdo y colgarse boletas en la oreja.
Por todo lo anterior es que por muchos años no quise leer nada de Andrés Henestrosa y además porque desde niño aprendí a odiar a todo personaje que fuera favorito del oficialismo. Recuerdo que en sexto de primaria (que fue un momento importante para mi pues nuestra profesora nos inculcó el amor a las ciencias sociales, a la historia y la literatura), abordamos ampliamente a los escritores de izquierda como Carlos Fuentes, sin embargo nos saltamos a Octavio Paz, el por qué nos lo dio nuestra tutora: “no lo vamos a ver porque es priísta” nos dijo. En el caso de Don Andrés recuerdo que mi padre me despertó una madrugada para llevarme a Oaxaca a un encuentro de creadores de revistas independientes, recuerdo que pasamos por un mural en donde se veían pintados los rostros de varios escritores istmeños alineados en fila; atrás de Gabriel López Chiñas y Pancho Nácar, aparecía Andrés Henestrosa, sobre esto mi padre me dijo “ese pintor sí sabe, hasta el último debe estar ese Andrés Henestrosa”.
En las reuniones etílicas en mi casa generalmente de escritores, músicos y pintores istmeños, hablaban muy mal de nuestro escritor, que si se había birlado la obra de Wilfrido C. Cruz sin darle crédito, que se decía juchiteco cuando le convenía, por cierto recuerdo una vez al poeta Manuel Matus Manzo, ya con muchos alcoholes encima, repetir una y otra vez: “y entonces yo le dije: dices que eres de Juchitán pero tu ombligo está sepultado en Ixhuatán” o ¿era al revés?, ya no me acuerdo.
Pero llegó un día que alguien me dio una regañada y no precisamente de dulce, por mi ingrata actitud hacia tan augusto personaje y fue en una de mis primeras incursiones a la ciudad de México prácticamente de la mano del pintor Delfino Marcial Cerqueda que Carlos López, ese persistente editor paisano de Luis Cardoza y Aragón, me enseñó a valorar la obra literaria de mi paisano oaxaqueño al obsequiarme el librito: “Entonces vivía yo en Ixhuatán y me llamaba Andrés Morales”. Desde entonces quedé cautivado de su prosa como lo quedó Pablo Neruda que después de agarrase a puñetazos con Octavio Paz dijo que la única pluma de las letras mexicanas que tenía futuro era la del joven Andrés Henestrosa.~

05 septiembre, 2006

Germán López Trujillo y la historia de la estrategia militar del 5 de septiembre (primera parte)


Gerardo Valdivieso Parada
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He escuchado a muchos criticar esta exaltación a la batalla del 5 de Septiembre de 1866 por parte de nosotros los juchitecos, exagerada, dicen. Recuerdo que en la misma escuela primaria los maestros nos decían que aquellos franceses a que se refieren nuestros paisanos eran unos pobres soldados que venían huyendo de México, derrotados, que más que venir a dominar a los juchitecos buscaban la forma de escapar. Otros, en el peor de los casos, pretenden exaltar esta gesta dando a entender que los que resistieron en la ciudad, siendo una bola de brutos, impreparados militarmente, derrotaron increíblemente a un ejército invasor altamente capacitado en la guerra, que estos eran “unos tigres”, o un elogio gratuito parecido; para no hacerla larga, lo que estos señores quieren dar entender es que de lo que nosotros nos ufanamos fue producto de lo que se llama coloquialmente una “chiripada”.
Para nuestra fortuna existieron personas que se dedicaron a investigar este hecho de armas, como es el caso del profesor Germán López Trujillo, quien hizo un excelente trabajo de investigación que concentró en un discurso, tan bien hecho, que fue plagiado por un señor llamado Aurelio Martínez López, que escribió Historia de la Intervención Francesa y que cómodamente copió varios párrafos del trabajo del profesor Germán y que, para calmar su conciencia, cita unos versos del juchiteco al final del capítulo. Esta ignominia fue repetida por otro autor de esos que se la pasan copiando y pegando extractos de textos de otros autores para hacer sus libros.
La preocupación de este profesor, oriundo de la octava sección, por difundir el hecho histórico, lo llevó escribir una obra de teatro: Cinco de septiembre de 1866 en Juchitán. Es un drama histórico en cuatro actos, editado en agosto de 1976 y describe detalladamente la batalla.
En la obra, a través de los diálogos se entera uno de los antecedentes históricos; como nos lo cuenta el jefe político de Juchitán, coronel Máximo Pineda: “Ustedes saben muy bien que Tehuantepec era nuestro hermano ayer nomás, puedo decir, dentro del partido Juarista; era como nosotros, liberal absoluto, luchando como nosotros contra la intervención francesa; pero desde noviembre de 1864 en que el coronel Remigio Toledo, traicionó a la república, pasándose con sus tropas y el armamento a favor del Imperio…”
Esta versión, dada por Germán López Trujillo a través de su personaje, es cierta, como reitera el profesor Mario Mecot Francisco (director de la Casa de la Cultura de Tehuantepec que ha escrito sobre este periodo de la historia), quien considera que, a diferencia de Juchitán, que siempre ha estado unido en el apoyo a un solo líder o líderes, a través de su historia, incluso en lo referente a la veneración de un solo santo, San Vicente, Tehuantepec, divido en barrios con diferentes santos, convivían liberales (en Tehuantepec estuvo Porfirio Díaz) y conservadores. Éstos últimos declararon imperialista la plaza de Tehuantepec con el apoyo de Remigio Toledo.
La versión de que los franceses iban corriendo en desbandada al puerto de Salina Cruz y que en el camino tropezaron con Juchitán la refuta López Truijillo cuando hace hablar a Máximo Pineda: “Así el 5 de Febrero del año pasado [1865] entregada la plaza de Oaxaca a los franceses, después de heroicos y desesperados esfuerzos del general Porfirio Díaz durante dos meses y medio que estuvo sitiado, se estableció en Oaxaca el Gobierno Imperial…”. “El General Bazayne, comandante en jefe del ejército que tomó Oaxaca, presionó desde luego al Prefecto Imperial y Comandante Militar del Estado, para que apremiara a Remigio Toledo y al general Luciano Prieto, jefe del departamento de Tehuantepec para que cuanto antes hiciera efectiva su promesa en el sentido de que Juchitán lo convirtieran, de grado o por la fuerza, al imperialismo”.
Después de esto, un lector medianamente culto se dará cuenta de que la plaza de Juchitán iba ser tomada de una forma planeada, tanto así que el 91° Batallón de Línea, compuesto de austriacos y franceses al mando de Juan Pablo Franco, investido con el título de Visitador Imperial, llegaron a Tehuantepec. Esta versión puede ser verificada en el intercambio de cartas entre Bazayne, Juan Pablo Franco y Luciano Prieto, que aparece en la revista Guchachi Reza número 46, en la cual su director, Victor de la Cruz, se dedicó a la batalla del 5 de septiembre.
Algunos quieren hacer menos el triunfo contra la invasión al considerar que Napoleón III había ordenado la salida de la mayoría de sus tropas de México, pero también hay que considerar que la estrategia de retirar a las tropas francesas e integrar el ejército de personas oriundas del país conquistado ha sido una táctica de Francia. Recordemos que muchos de los que pelearon en el ejército invasor en Puebla, por ejemplo, venían de las colonias francesas. Es el caso de los zuavos.
En el caso del intento de la toma de Juchitán, es evidente que los dirigentes no eran franceses y que la gran mayoría de los que sitiaron esta plaza eran de la región. Es el caso de los comandados por Remigio Toledo. Muchos de ellos eran reclutados bajo la amenaza de unirse o perder la vida, y esta práctica no era exclusiva de los imperialistas.
Los que resistieron en Juchitán no eran unos ignorantes. Estamos hablando de que tenían de su lado al Batallón Zaragoza, comandado por un militar con rango de coronel, como lo fue Crisóforo Canseco. El mismo cargo lo ostentaban Máximo Pineda, el recordado por valeroso Albino Jiménez (Binu Gada); Cosme Damián y Francisco Cortés. La mayoría ya habían participado en la batalla de 5 de mayo, por eso no es gratuita la frase que introduce López Trujillo en la obra y que ha quedado para la posteridad. Dice Paulina Sánchez:
“Xhinga naatu pue; ¡Cachibitu la?!, ñe’ cadi ma gudiñetu laacabe Puebla la?, pa qui zanda cue´tu laacabe nda’ni xquidxi canu, laca la laguiní, ne latane ca guiba ca ladu”.~
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29 mayo, 2003

PROCURANDO UN ACORDE MEJOR (Pluralistmo)

Luis Manuel H. Amador

Para mi hermano José Antonio

Vivimos en uno de los pocos lugares donde parece verificarse que no todos los dichos son simples ocurrencias. Se ha escuchado en más de una ocasión la pregunta del asombro: “Bueno, ¿en Juchitán, quien no pinta, escribe o toca la guitarra y canta?”
Sin discutir el nivel con que se ejerzan estos frecuentes giros ocupacionales algunas veces partidarios del ocio, podría añadirse, como para certificar otra actividad igualmente célebre pero lamentable en ciertos personajes, la vocacional dedicación a la dipsomanía.
Llama la atención que el gusto artístico dominante, antes que la pintura o las letras sea la música; y no resulta raro ver entre jóvenes a quien alimente sus tardes libres con autocastigos difíciles acompañados con sobredosis de guitarra fácil. Nadie parece discutirlo: hay menos dificultad como mayor interés en aprenderse todas las canciones de cualquier nuevo disco de moda, que en averiguar la relevancia de un pintor, así fuera local; y mucho más, que en descubrir que El arco y la lira no es, como parece, un juego infantil, sino un libro precursor.
Como Borges señaló certeramente casi al final de un poema: “un símbolo, una rosa te desgarra y te puede matar una guitarra”, la geografía abunda en episodios que ejemplifican el afecto por este instrumento de perfil femenino.
Para su defensa, alguna vez Facundo Cabral declaró que “aunque era feo por fuera, gracias a la guitarra tenía bella el alma”. Ante los trovadores de moda, en cambio, a las mujeres, que conforman el público mayoritario, les costaría menos trabajo discutir el talento de los cantantes que a los hombres en quienes se manifiesta a veces una singular expresión de celos con reacciones inverosímiles (y sobre ambas actividades de proyección se podrían esgrimir argumentos psicológicos que nada tienen que ver con la música).
No serían en Sudamérica Atahualpa Yupanqui ni Alfredo Zitarrosa los primeros guitarristas cantantes en quienes se admitieran indicios reconocibles de virtuosismo. Hace como tres décadas, en Cuba, y ocupando lugar entre jóvenes soldados, hubo uno que con el tiempo habría de hacer entrañable algo más que su guitarra tímida, pues sólo cantaba pasadas las diez.
Hay excepciones donde no se sabe sobre qué entidad (entre cantante e instrumento) centrar la admiración, como cuando se apuesta por ver en el escenario al brasileño Caetano Veloso mientras le entrega a la guitarra, como sin pisar las cuerdas, la melancólica armonía de bossa nova, y le otorga a cualquier melodía, con el prodigio de su voz, el sello de memorable.
En México, posiblemente uno de los puntos para la redención de José Alfredo Jiménez se dio cuando, declarándose él mismo analfabeto del instrumento, optó por hacerle homenaje en cintas cinematográficas donde aparecía rasgando las cuerdas en calidad de finta. Es posible que sin el aval de sus incomparables composiciones no hubiera merecido el perdón del público.
El primero en admitir las limitadas cualidades sonoras de la guitarra acústica fue el célebre guitarrista español Andrés Segovia. Simultáneamente profirió una sentencia sobre la que parecen seguir habiendo oídos sordos: “el sonido de la guitarra se opaca fácilmente; merece el respeto del público, que debería guardar completo silencio mientras alguien toca”. No se puede solicitar algo distinto para quien sólo ejecuta el instrumento que para quien toca y canta. Con palabras más o menos aproximadas, se alcanza a escuchar en una grabación que Fernando Delgadillo realizó con algunos amigos a Edel Juárez, cuya voz interviene (dirigiéndose a quienes interrumpen al cantante en turno para cantar ellos también) con enfado razonable diciendo que “por regla general, todos se deben callar cuando alguien está tocando”. La exigencia parece justificable, salvo en caso de que el cantante solicite acompañamiento coral.
En foros que no convocan cantidades de gente que suponen la protección de fuerzas policíacas, el guitarrista, trovador inconfeso (y a veces mártir), blandiendo voz e instrumento, goza de una popularidad que ya quisieran para sí los mejores concertistas del mundo ante sus multitudes. Cercano a la consagración artística en el acto que dura lo que una canción, y en la distancia “a un tiro de canica”, a quien canta con guitarra le basta algo de talento y una sola presentación para acercar a su público hasta esa frontera donde asoman en íntimo arrebato, lágrimas y aplausos. Evocación de nombres, lugares, días, instantes caminados y suertes de pasado laberíntico sacuden por igual. Contrario a las penas que con pan se aminoran, las aproximaciones de la emoción provocadas por una guitarra crecen y se contagian.
Cantar y tocar bien suscita, de por sí, emociones contradictorias. En Juchitán se infiere que uno de los detalles que otorgan credibilidad al artista para un sector de ese público conocedor, reacio a los comerciales e igualmente capaz de condenar al destierro, es la correcta pronunciación del zapoteco; suele ser uno de los recursos socorridos por artistas en afán de granjearse el afecto local. Pero no todos logran ese cometido. Con la dicción siempre vigilada por el auditorio, basta una simple inflexión, una palabra temerosa o fallida para despertar sospechas y la reprobación unánime. Nadie reclama en el acto. El respeto por el espectáculo musical corrobora que las críticas se asumen a posteriori, y de boca en boca. Como ejemplo sirve el de una cantante empeñada en que cada disco suyo lleve el sello diidxaza´ en el título. Desvanecido el escalofrío inicial y abiertas las puertas, la persistencia produce efectos desafortunados. Más de una persona ha dicho que en la canción Bacaanda´ (Sueño), el atrevimiento de lo mal pronunciado asoma como “por ti tengo miedo de bañarme” en lugar de “por ti tengo miedo de dormir”. El ejemplo se olvida para quien recuerde que, como dijo alguien en una conversación frente a la Parroquia de San Vicente Ferrer: “en Juchitán parece haber mucha gente que canta, y más guitarras que en Paracho.”
En ciudades como la de San Vicente, pocos instrumentos pueden alardear de competir en popularidad con un producto poseedor de derechos reservados capaz, también, de provocar adicción y suscitar exultaciones comunes. Paradójicamente, las correspondencias y rivalidades parecen hallarse en el slogan mediático de cada generación. Además de la morfología femenina en su figura compartida, ambos objetos: la guitarra y el envase de cristal verdoso, participan en el contrapunto de las leyendas que The Coca Cola Company crea para alentar el consumo: se comparte mejor, alegra las reuniones familiares, reconcilia enemistades, refresca la vida, nos endulza en un instante centrífugo. Sobre lo que no se ha dicho, la guitarra supera con creces y sin pretensión las aspiraciones comerciales del célebre refresco de cola: no la destapa cualquiera en una esquina, un sólo sorbo mitiga la sed de varios, jamás viene en envase desechable, no produce acidez estomacal ni favorece cuadros de diabetes, nunca serviría para lavar el excusado.
Hace poco, a miles de kilómetros de distancia (y es muy probable que hubieran coca cola y guitarra cerca) una guerra lamentable cambió la geografía donde dejara vacante el puesto Scherezada. Las noticias viajaban a la redacción de los periódicos, a los programas de radio, a las pantallas de televisión. No hay canción, si ésta es verdadera, que justifique la guerra. La del soldado que cambia el fusil por la guitarra se convierte en una de las melodías anheladas y viene siempre con la certidumbre de la dicha. La consumación real y simultáneamente imaginaria de ese deseo es la Canción, el Canto que nos acerca, a pesar las atrocidades, a ese instante que nos reconcilia de veras, a ese pequeño universo que los poetas y los santos han imaginado.

LA BODA IRREALIZABLE (El Cuento)

Gerardo Valdivieso Parada

Doña Romanita camina hacia la pequeña casa de tejas que apenas se divisa por las casas nuevas de techo de loza que la rodean. Es mediodía y el sol arrecia, la toalla anudada a su cabeza, al contrario de lo que se pueda creer, la refresca. Antes de salir de casa, no decidía como presentarse, consultaba a su hija sobre si debía vestirse más formalmente. “¡Ay amá! Para qué tanta formalidad, ve así como estás, sólo van a pedir a Manuela y de a mentiras, ¿quién puede tomar en serio esa unión? No sé como Doña Alicia puede prestarse a eso”, le dice la hija mientras prepara la comida. Aún así, se puso un huipil de cadenilla, nuevo, de color azul, con grecas rojas, y enagua rosa sin holán; ya en la calle pidió que le alcanzaran la toalla blanca para protegerse del sol.
Antes de llegar a la casa de teja en donde vive su comadre Alicia, de una de las casas de concreto sale su ahijado con una caguama en la mano. “Buenas tardes, madrina”, le dice. “Buenas, hijo, tan temprano ¿y ya tomando?, ¿que día será ese en que los hombres se vuelvan sensatos y dejen de emborracharse?”, le recrimina la anciana, mientras el ahijado baja la cabeza y esboza una sonrisa.
Ya en la casa de su ahijado Donaciano, uno de sus hijos, carga con una silla que le ofrece a la anciana, ésta se sienta y comenta algo sobre el clima. “Qué te parece madrina, la payasada que van a celebrar en casa de mi madre, qué tiene Manuela que hacer con una marimacha, un hombre debía de buscar; al rato voy y a patadas saco a esa pinche gente que se viene a burlar de nosotros”. La anciana miraba los exabruptos de su ahijado sin decir palabra, los hombres de este pueblo solo intervienen cuando están tomados, pensaba, las palabras no les salen cuando están sobrios. “Bueno hijo, ya es hora de que descanses. No es bueno tomar tanto”, le dice la anciana mientras se aleja.
En casa de Doña Alicia, ya se acomodan las sillas para que se sienten los de la comitiva del “novio”. No se sienta nadie, porque Doña Alicia no lo hace. El más viejo de ellos, un señor serio, de camisa con manga larga recién planchada y pantalón color café, y de cabello canoso, carga en la mano un pequeño sombrero. Va empezar a hablar cuando se escuchan los murmullos: “Ya llegó Doña Romanita”, dice uno, “den paso a Doña Romanita”, exclama un segundo, “denle una silla para que se siente la anciana”, hablan dos al unísono, y todas las personas presentes dirigen su saludo a la pequeña mujer que por su avanzada edad inspira respeto, extienden la mano hacia ella como queriendo acariciarla desde donde están. Ella responde a cada uno con un movimiento de cabeza o extendiendo la mano tímidamente, y se sienta.
El señor canoso es Don Nabor: una especie de casamentero, un hombre de edad, respetable. Representa a Alberta, quien hace unos años pasó a ser Alberto y es el pretendiente. Parado en el medio de la casa, dirigiéndose a los presentes y a la madre de Manuela principalmente, pronuncia palabras de concordia, elogia al pretendiente y finalmente pide el consentimiento para la unión. El anciano se queda de pie como esperando una respuesta, durante todo el discurso Doña Alicia miraba al suelo abrazándose a sí misma, como meditando. “Yo que más quisiera que se casara, que tuviera hijos. Mi hija es una mujer hermosa, sana, pero si eso es lo que quiere, yo no puedo impedírselo. Dios sabe que la quise y le di las mismas enseñanzas que a todas mis demás hijas. Así que si quieren vivir juntos que lo hagan y que Dios los bendiga”.
“Bueno; felicidades”, le dice Don Nabor a un joven vestido de colores chillantes y con cadenas de oro en el cuello, con cara de mujer, de pelo corto y abultado pecho. Se dirige a Manuela y la abraza, lo mismo hace con la mamá, los demás hacen lo mismo: se abrazan, se hacen compadres y comadres. Mientras tanto uno de los familiares reparte cerveza de a cuartito entre los presentes y una señora ofrece botanas en platos desechables. Las comadres beben, ríen animosamente y se paran a bailar los sones o los boleros de Chú Rasgado; no pueden dejar de moverse con solemnidad, agarrando sus enaguas o abrazadas.
En el momento que la anciana decide retirarse, a un lado de la casa, el hermano enojado insulta a la pareja: “A mí no me digas cuñado, maldita, a mi mamá la engañaron pero yo no voy a permitir que se burlen de nosotros”, les grita, mientras trata de hacer a un lado a su madre que entre sollozos le pide que se calme. Para no llegar a los golpes, algunos vecinos tratan de aplacar a Donaciano: le convidan de sus cervezas, lo regresan a su casa, y luego se retiran. La madre llora, mientras Doña Romanita le frota alcohol con alcanfor en la nuca para que no se desmaye. Las cosas se calman pero la fiesta se enfría, todos se retiran y un poco más tarde, Doña Romanita también, no sin antes recibir otro plato repleto de viandas.
Ya en la calle la alcanza Doña Martha quien también abandona la pequeña fiesta y se acerca, la toma del brazo como queriendo ayudarla y a la vez tenerla cerca para poder murmurarle al oído: “Qué le pareció, Doña Roma, ese Don Nabor es un falso. Ya me imagino cómo se divertía en sus adentros con su actuación. A su edad no debería prestarse a esas cosas. No estoy en contra de que vivan juntos, pero lo hicieran y ya, sin tanto alboroto. Para qué mortificar a la pobre de Alicia”. La anciana le mira y escucha. “¡Ay Manuela, Manuela!” dice doña Martha: “Habiendo tanto pito, para qué quiere uno de hule”, y se ríe, como las juchitecas lo hacen emitiendo un “jejeiii” que contagia a Doña Romanita que no puede evitar reír y mostrar los dos únicos dientes que le quedan.

Juchitán, Oax., 2 de Noviembre de 2002

EL CUMPLEAÑOS (El Cuento)


Israel García Reyes
El plan consistía en llevarle una muchachita. Cachorra y yo, sabíamos que lo de menos era contratarla, pero conociendo a Leo, no habría aceptado servirse de ella. A sus treinta y tantos estaba de más convencerlo; el orgullo no se lo hubiera permitido, sin contar que, depredadores de ese tipo les motivan las novicias. Por eso también daba clases en una secundaria; de este modo podía hacerse de las ciervas necesarias. Junto con Leo perseguíamos criaditas en parques y callejones amparados en la vastedad de la noche, y si no había dinero para un cuarto, el auto cumplía su función. A instancias mías, frecuentábamos bares y discotecas donde proliferaban jovencitas; bastaban un par de copas y el instinto se encargaba de hacer su parte. Leo, tan desconfiado, prefería los pastizales de la secundaria donde conocía mejor el terreno. Ya no estaba para correr ningún riesgo, a diferencia de mí, que disfrutaba la depredación desenfrenada en un sin fin de territorios. Los resultados lo convencieron: nunca se vio provisto de carne tan tierna para sus colmillos. Por supuesto que estas incursiones se daban en ausencia de Cachorra; su temperamento ardoroso no resultaba conveniente para nuestros fines. Leo, como líder de los tres, decidió incluso los seudónimos: yo era Jaguar, debido a mis consabidos hábitos nocturnos. A Cachorra la justificaban sus antecedentes de ninfómana y sadomasoquista. Él se había autonombrado Leo, aunque, más bien parecía chita, por la cabeza pequeña y por lo desgarbado. Además de confiable al resolver las emergencias de dinero, establecía la cordura dadas las constantes diferencias entre Cachorra y yo, que se portaba sumisa con él y altanera conmigo. Una hembra busca invariablemente vengarse de quien la hubo despreciado. Después de conocerla, la situación cambió porque facilitaba su casa. Cachorra gustaba de los tríos tanto como Leo. Viviendo sola, para nosotros los riesgos de escándalo eran mínimos. Desde el momento en que vio el obsequio de Leo, asintió complacida. Mi error consistió en llevarla conmigo a la escuela. Afortunadamente supo comportarse con Escolapia. ¡Perra!, varias veces peleamos por lo mismo. Desprecio la violencia, y lo sabe; sin embargo, apenas me descubre alguna joven se le mojan las bragas. Leo cuenta que tiempo atrás se enfrentó con ella por haber intentado herir a otra de sus chicas con una navaja. El incidente no pasó a mayores, pues pudo aquietarla. Es peligrosa, por eso no quería que la conociera. Leo y Cachorra mantenían una simbiosis en que ella le proveía de amigas y Leo, a su vez, la convidaba en los banquetes. Debo decir que fue él quien me llevó a la casa de interés social que rentaba Cachorra en una colonia apartada y polvorienta. El lugar reunía lo necesario. Nuestra corta relación se dio de este modo: ella abrió su puerta en shorts y camiseta incipiente, me miró y dijo: “¿Qué, otro profesorcito?” “Sí”, se apresuró a contestar Leo: “Es un Jaguar”. Las cosas marchaban apropiadamente entre ella y yo. Fornicábamos sin contratiempos hasta que trató con violencia mis orejas, cuello y abdomen. No tuve más remedio que mandarla al carajo, pues descendía y eran obvias sus malas intenciones.
Cada quien desempeñaba su rol; los dos actuaban y yo filmaba sus encuentros. Por lo regular las chicas que consigo, las reservo para mí. Pocas veces contribuyo a esas fiestas. Padezco de cierto egoísmo: algún defecto debía tener.
La fecha era especial: el cumpleaños de Leo. Entre mis alumnas de tercero escogí a Samanthita, cuyos senos ofrecían infinitas posibilidades aun cuando no pasaba de los catorce años. Fue fácil. No necesité ensayar todas mis jugadas de pizarrón. Su origen humilde la hacía más vulnerable. Un martes la esperé con el auto en la calle. Caminaba despreocupada, la falda apenas era suficiente para los muslos; esos uniformes son tan breves. Bajo la figura confiable del profesor de Biología ofrecí llevarla. Entonces hubiera sido precipitado intentar algo, pues de aquella conversación, deduje esa ignorancia sexual que nada tenía que ver con posibles convicciones, sino más bien con la falta de práctica. Comprendí que ella no podría satisfacer las expectativas de Leo, él todo lo quiere peladito y en la boca, por eso, dentro del auto inicié los tocamientos y escarceos. Hay muchos lugares en las afueras de la ciudad; hasta que en un hotel la tuve a modo aprovechándome de su situación precaria (siempre tenía hambre); solicité servicio a la habitación. Negociamos un poco acerca de la falda, que la traicionó porque cayó sobre la alfombra al primer intento. A continuación, despojada de ropa y otras consideraciones, conseguí tenerla a gatas sobre la cama y colocado ventajosamente detrás de ella le permitía bocados fugaces a su pollo frito, así, tiraba de su cintura para después arremeter con todo el vigor requerido. Nombré a dicha postura: “Dar de comer a la yegua”. Escolapia ingería su porción y yo la mía. Sobre el edredón, la inicié durante largas sesiones particulares. Desde el principio, bajo la luz del cuarto de hotel, la tomé y vi que era buena. Siempre mantenía la apariencia de recién bañada y el cabello negro acendraba más esa actitud típicamente perversa de sus ojos; bien pude enamorarme, mas eso debía ocurrirle primero a ella. Distaba de inspirar confianza; por otro lado, no cerraba los ojos mientras nos besábamos. Eso sí, había que reconocer su discreción dentro de la escuela, que yo recompensaba, claro está, con inmejorables calificaciones. Llegado el día, la llevé a casa de Cachorra. Leo nos esperaba en la sala. En cuanto la vio, dejó el cigarro a un lado. Sus ojos castaños se llenaron de insana felicidad. “Es un buen presente”, jadeó. Corno tenía planeado, pensé en dejarlos solos y di por convencida de lo mismo a Cachorra, pero las cosas ocurrieron de otro modo, porque ella no daba señales de moverse. Durante la noche se sucedieron los tragos y la música. Escolapia y Leo bailaban un merengue, una salsa, un son. Yo los observaba desde el sofá; se lo merecía, era su cumpleaños. Cachorra, recargada en un rincón de la sala, bebía tequila en grandes dosis. Cerca de la medianoche, la pareja subió las escaleras rumbo a la alcoba, no sin que antes, Leo volteara hacia mí con una sonrisa entre cínica y agradecida, no supe bien. Los contemplaba terriblemente sobrio desde mi sofá, y Cachorra en el mismo rincón; su mirada vidriosa me dio mala espina. Transcurrieron algunos minutos. Vi a Cachorra, botella en mano, subir tambaleante los escalones y, acto seguido escuché un portazo; sabía de sus locuras. Imaginé a Escolapia envuelta en sangre, la ropa deshecha; a Leo y Cachorra abstraídos por el alcohol y la necrofilia. Subí también. La busqué en el baño y el estudio. Nada. Quedaba la recámara. Dudé un poco porque, después de todo, era su casa. El sonido de salsa llegaba nítido y delirante hasta la puerta. Entonces oí una especie de lamento. Olvidé el sigilo propio de los felinos y abrí la puerta de golpe. Dando la espalda, de rodillas, Cachorra entretenía su lengua con los pezones de Escolapia, mientras que en pie, afianzado de esa misma presa, Leo la cubría por las nalgas. Iba a decir algo: quien la había conseguido era yo; pude permanecer como hiena del Serenguetti en espera de una pieza pero Samanthita me despachó con el anular levantado.

EDITORIAL (cinco)

Apenas se disipa el olor a fiestas de mayo, las actividades cotidianas siguen su marcha. El trabajo se recibe en mañanas sin develo, las clases juveniles recobran su aire de solemnidad académica ya sin las noches libres cedidas para el baile. Y Naderías ofrece un número nuevo.
Esta quinta entrega editorial, abre EL CUENTO con dos excelentes trabajos narrativos: EL CUMPLEAÑOS y LA BODA IRREALIZABLE. El primero, mostrando los avatares de los personajes ambiguos en una fiesta posible para los excesos; el segundo, las oportunidades para atestiguar otro episodio de la vida en Juchitán con compromisos contraídos y contrariados, frente al asombro que nos recuerda lo sano de no tomar las cosas demasiado en serio.
Para PLURALISTMO ofrecemos un viaje de ida y vuelta por la geografía y la música con la guitarra pasando por Juchitán y otros trayectos. Ampliando las posibilidades del amenizaje, transcurren las líneas PROCURANDO UN ACORDE MEJOR.
Leer enseña, y VIAJAR ENSEÑA, también. LIBRO ABIERTO nos comparte una edición de las crónicas y testimonio que el investigador francés, Charles Brasseur, dejó para que conozcamos lo que vio por estas tierras.
En ESPACIO POÉTICO queremos compartirles tres poemas de dos jóvenes y un clásico local. COMALA aquí no es rulfiano, es otro en esta oportunidad de transformarse por la poesía. Allí renace la vida sin sequía ni fantasmas. A LO OBSCURO Y SUBTERRÁNEO de su pelo se suma ese destino de alejarse, ese que, de seguir juntos, deja la imagen de un perro en la azotea.
Acaecido a principios de este año, Pedro Reyes, “Pedru Baxa”, escribió innumerables canciones. De su cabeza –que sólo pensaba en zapoteco– salieron hermosas composiciones sobre la vida cotidiana, el amor, el dolor del abandono y las festividades locales. Su composición más conocida: GUIE’ CHEGUIIGU’ se transcribe en este número para recordarlo como uno de los más grandes poetas juchitecos que, al no saber leer ni escribir, quiso preservar sus versos poniéndoles música. A él dedicamos este número.